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Comentario
Los hombres, embutidos en los trajes acorazados, escuchaban al profesor Blazov, allí, en el hirviente
Mare Ibrium. No muy lejos de ahí, las cumbres de los Apeninos lunares, recortadas en el vacío, no
difuminaban su aridez por atmósfera alguna. El sol en descenso acentuaba la dureza topográfica, nunca
desgastada por la erosión, de los filos y picos de las cumbres, y las aristas de las laderas cortadas a plomo.
Y el anillo pétreo de Aristillus, como una muralla construida por un arquitecto inverosímil, proyectaba
sombras hasta las inmediaciones del cohete, que se erguía en el centro de una zona carbonizada por los
chorros de sus toberas. En las proximidades, las cúpulas y las antenas de la estación autómata, armada por
control remoto durante los años que precedieron al envío de seres humanos. Un tractor rodó sobre sus
orugas al encuentro de los recién llegados, dirigido desde la base por el siempre eficiente instrumental, no
deteriorado durante su largo abandono en el océano de piedra. El vehículo se detuvo junto a los hombres,
luego de recorrer los aledaños de la estación durante un trienio, mediante instrucciones radiales impartidas
desde la Tierra, acudía ahora a darles la bienvenida
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