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Comentario
El coche largo y reluciente frenó con un zumbido de turbinas, levantando una nube de polvo. El cartel sobre el
puesto, en el borde de la carretera, decía: Cestos. Curiosidades. Un poco más adelante, otro cartel, sobre un rústico
edificio con fachada de vidrio, anunciaba. Cafetería de Crawford. Pruebe Nuestros Churros. Detrás de ese edificio
había un pastizal, con un granero y un silo a cierta distancia de la carretera.
Los dos extraterrestres miraron tranquilamente los carteles. Ambos tenían piel lisa y púrpura, y pequeños ojos
amarillos. Llevaban trajes grises de tweed. Sus cuerpos tenían forma casi humana, pero no se les podía ver la
barbilla, que cubrían con bufandas anaranjadas.
Martha Crawford se apresuró a salir de la casa para atender el puesto de cestos, secándose las manos en el delantal.
Detrás apareció Llewellyn Crawford, su marido, masticando palomitas de maíz.
- ¿Señor, señora? - preguntó nerviosamente Martha. Con una mirada le pidió ayuda a Llewellyn, que le palmeó el
hombro. Ninguno de ellos había visto jamás a un extraterrestre a tan poca distancia.
Uno de los extraterrestres, al ver a los Crawford detrás del mostrador, bajó despacio del coche. El hombre, o lo que
fuera, fumaba un cigarro a través de un agujero en la bufanda.
- Buenos días - saludó la señora Crawford, nerviosa -. ¿Cestos? ¿Curiosidades?
El extraterrestre pestañeó con solemnidad. El resto de su cara no cambió. La bufanda le ocultaba la barbilla y la
boca, si las tenía. Algunos decían que los extraterrestres no tenían barbilla, otros que tenían en su sitio algo tan
repelente y atroz que ningún ser humano podría soportar el espectáculo. La gente los llamaba «hercus», porque
venían de un sitio llamado Zera Herculis.
El hercu miró un rato los cestos y las baratijas que pendían sobre el mostrador, sin dejar de fumar su cigarro. Luego,
con voz confusa pero comprensible, dijo
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