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Comentario
Las cosas se le habían puesto muy feas a Shard, capitán pirata, en todos los mares
que conocía. Los puertos españoles estaban cerrados para él; le conocían en Santo
Domingo; en Siracusa los hombres pestañeaban cuando pasaba a su lado; los reyes
de las Dos Sicilias jamás reían después de haber estado hablando de él hasta pasada
una hora; todas las ciudades importantes ofrecían enormes recompensas por su
cabeza y divulgaban retratos de él para su identificación... todos ellos bastante poco
halagüeños. Por tanto, el capitán Shard decidió que había llegado la hora de contar a
sus hombres el secreto.
Una noche, abandonando Tenerife, los convocó a todos. Admitió con franqueza que
había cosas en el pasado que requerían una explicación: las coronas que los príncipes
de Aragón habían enviado a sus sobrinos los reyes de las dos Américas jamás habían
llegado a sus Muy Sacras Majestades. ¿Dónde estaban, podía preguntarse la gente,
los ojos del capitán Stobbud? ¿Quién había estado incendiando ciudades en las costas
de Patagonia? ¿Por qué aceptaría un barco como el suyo un cargamento de perlas?
¿Dónde estaban el Nancy, el Lark o el Margaret Belle? Es posible, alegó, que los
curiosos se hicieran preguntas como ésas, y que, si diera la casualidad de que el
abogado defensor fuera tonto y desconociera las cosas de la mar, podrían verse
envueltos en molestas fórmulas legales
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