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Comentario
Le habían bautizado el Gargantúa (naturalmente, sin ceremonia alguna, pues
ningún sacerdote hubiera corrido el riesgo de comprometerse rociándole con agua
bendita). Pero los apodos con los que se viera abrumado mucho antes de su
nacimiento, se referían todos a criaturas repelentes. Para los pescadores de la costa
atlántica era el «maldito» o el «monstruo». Para los cultivados, «Moby Dick». El
dragón pestilente, para los románticos, y, para algunos, el Leviatán. Y fue este
último mote el que perduró, el de una criatura vomitada por el infierno. Se lo
habían adjudicado sus enemigos más encarnizados cuando todavía era sólo un
fantasma, una imagen confusa surgida cierta noche de insomnio en el cerebro
fecundo de Madama Bach, imagen a la que pronto dio cuerpo en croquis, planos,
luego en maquetas, enriquecida por el cúmulo de consideraciones técnicas y
financieras que siempre acompañan a la gestación de un audaz proyecto industrial
y coreada por las furiosas protestas que, invariablemente, se reserva a toda
innovación.
En el instante de su nacimiento, es decir, cuando fue expulsado de la matriz de
madera y metal donde sus dispares elementos habían sido ensamblados y
armonizados durante años para ir formando poco a poco un organismo coherente,
al surcar las aguas, su ambiente vital, medía cerca de cuatrocientos metros de
longitud. Sus flancos tenían una capacidad de seiscientas mil toneladas de petróleo.
Sus cisternas vacías, boyante en la jerga marinera, el puente de mando sobre el
que reinaba el capitán Müller, dominaba la mar con sus cuarenta metros. Pero,
aparte de sus dimensiones, lo que le distinguía de los demás petroleros, era el
reactor nuclear destinado a garantizar su propulsión, el cual, ligeramente hacia
popa, alcanzaba con su torreta protectora una altura casi igual a la de un castillo.
Su perfil evocaba la aleta inquietante de una especie de gigantesco monstruo
marino, lo cual hubiese justificado el sobrenombre de «Moby Dick» si el color
grisáceo de las chapas no hubiera hecho inadecuada toda comparación con la
ballena blanca. Su proa, vista desde el puente de mando, aparecía como una
extensión inmensa, casi desértica, de acero sin el menor relieve.
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