 |
|
Comentario
Era la noche del 10 de marzo de 1793.
En Notre Dame acababan de sonar las diez, y
cada hora, descolgándose como un pájaro nocturno
lanzado desde un nido de bronce, había volado triste,
monótona y vibrante.
Sobre París había descendido una noche fría y
brumosa.
El mismo París no era en absoluto el que
conocemos, deslumbrante en la noche por mil luces
que se reflejan en su fango dorado; era una ciudad
avergonzada, tímida y atareada, cuyos escasos
habitantes corrían para atravesar de una calle a otra.
Era, en fin, el París del 10 de marzo de 1793.
Tras algunas palabras sobre la extrema situación
que había ocasionado este cambio en el aspecto de la
capital, pasaremos a los acontecimientos cuyo relato
es el objeto de esta historia.
A causa de la muerte de Luis XVI, Francia
había roto con toda Europa. A los tres enemigos con
los que había combatido al principio, Prusia, el
Imperio y d Piamonte, se habían unido Inglaterra,
Holanda y España. Sólo Suecia y Dinamarca, atentas
al desmembramiento de Polonia realizado por
Catalina II, conservaban su neutralidad.
| |