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Comentario
Con la historia de un caballero que no existe, Agilulfo Emo Bertrandino de los
Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, nombre que por sí solo podría
llenar una armadura entera, llegamos al final de la trilogía que Italo Calvino
consagró en la década de los 50 a nuestros antepasados y cuyos títulos anteriores
(El vizconde demediado y El barón rampante) se han publicado ya en Libro Amigo.
Al igual que en el caso de las otras novelas del ciclo, el mecanismo que
desencadena en la mente del autor a El caballero inexistente es una imagen: una
armadura que anda y que por dentro está vacía. Y como ocurría con las
precedentes, nada más lúcido que la propia reflexión de Calvino sobre la tesis y la
intención de este relato:
«Del hombre primitivo que, al ser todo uno con el universo, podía denominarse aún
inexistente, por indiferenciado de la materia orgánica, hemos llegado lentamente al
hombre artificial que, siendo todo uno con los productos y las situaciones, es
inexistente porque ya no se roza con nada, ya no se relaciona (lucha, y a través de
la lucha, armonía) con lo que (naturaleza e historia) está a su alrededor, sino que
se limita a "funcionar" abstractamente.»
Ya tenemos a Agilulfo —el caballero— y a Gurdulú —su escudero—, suma
abstracción el uno y exagerada corporeidad el otro. Pero no se trata de meros
esquemas. Al escribir su historia, en 1959, Calvino refleja en la divertida peripecia
del caballero sin existencia real la atmósfera de aquellos años en los cuales el
equilibrio mundial estaba dominado por la guerra fría y la tensión. El libro, escrito
en una época de perspectivas históricas más inseguras que 1951 o 1957 (fecha de
composición de los otros dos), ofrece también un mayor esfuerzo de interrogación
filosófica, no incompatible con un gran abandono lírico.
Sigamos el hilo de la reflexión de Calvino: «Agilulfo, el guerrero que no existe,
tomó los rasgos psicológicos de un tipo humano muy difundido en todos los
ambientes de nuestra sociedad; mi trabajo con ese personaje se presentó fácil de
inmediato. De la fórmula Agilulfo (inexistencia provista de voluntad y conciencia)
saqué, con un procedimiento de contraposición lógica (es decir, partiendo de la idea
para llegar a la imagen, y no viceversa, como hago de ordinario), la fórmula
existencia carente de conciencia, o sea, identificación general con el mundo
objetivo, e hice al escudero Gurdulú. Este personaje no consiguió tener la
autonomía psicológica del primero. Y es comprensible porque prototipos de Agilulfo
se encuentran por doquier, mientras que los prototipos de Gurdulú se encuentran
sólo en los libros de los etnólogos.
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