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Comentario
Cuando alcanzó la superficie del pequeño planeta, incluso las heces de su poder se
habían agotado. Ahora descansaba, extrayendo reluctantemente y con lentitud un poco
de fuerza del amarillo sol que brillaba en los verdes prados a su alrededor. Sus sentidos
estaban debilitados por un cansancio definitivo, pero el miedo que había aprendido de los
Usurpadores lo empujaba en busca de algún nuevo atisbo de refugio.
Se dio cuenta de que era un mundo pacífico, y ese descubrimiento avivó su miedo. En
sus días jóvenes había apreciado una multitud de mundos donde el juego del flujo y el
reflujo de la vida podía ser jugado hasta el fondo. Era entonces un universo lleno de
vitalidad por donde vagabundear. Pero los Usurpadores no soportaban los rivales en su
propia ¡limitada avidez. La paz y el orden que reinaban en aquel lugar significaban que
aquel mundo les había pertenecido.
Los buscó vacilante mientras un leve soplo de energía fluía dentro de él. No había
ninguno allí en aquel momento. Hubiera podido captar inmediatamente la presión de su
cercana presencia, y no había el menor rastro de ello. Las lisas y herbosas extensiones
se abrían ante él en interminables praderas y campos hasta las distantes colinas. Había
estructuras de mármol en la lejanía, de blancura resplandeciente al sol del atardecer, pero
estaban vacías; su desconocida finalidad había sido alterada hasta convertirse en un
simple decorado sobre aquel planeta ahora abandonado. Su atención regresó; cruzó un
riachuelo hasta el otro lado del amplio valle.
Allí descubrió el jardín. Rodeado por un muro bajo, sus kilómetros y kilómetros de
extensión estaban llenos de bosques dispuestos aparentemente como una reserva. Pudo
sentir la agitación de vida animal de apreciable tamaño entre las ramas y a lo largo de los
senderos sinuosos. Faltaba el alborotado vigor de toda auténtica vida, pero su abundancia
podía ser suficiente para enmascarar su propio vestigio de fuerza vital en caso de
búsqueda profunda.
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