 |
|
Comentario
Estoy muy asustado. No porque mañana sea el gran día, el día en que he de atravesar
una pequeña puerta de color verde para recibir una lección de cómo huele el gas cianuro.
No se trata de eso en absoluto. Quiero morir. Pero...
Todo empezó cuando conocí a Roscoe, pero antes de llegar permitidme hacer un
rápido bosquejo de lo que yo era A. R. (antes de Roscoe).
Era joven, relativamente guapo de un modo tosco, relativamente inteligente y bastante
educado. Entonces me llamaba Bill Wheeler. Era aspirante a actor de televisión o de cine;
hacía cinco años que lo intentaba y no había logrado tener siquiera la oportunidad de
aparecer en un anuncio comercial local, menos aún de hacer de figurante en una película
de mala muerte. Comía porque realizaba el turno nocturno, de seis de la tarde a dos de la
madrugada, como encargado de un puesto de hamburguesas en Santa Mónica.
| |