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| Comentario
TODAS LAS TARDES, cuando el crepúsculo denso y polvoriento se extendía sobre los
riachos y el lodo seco del delta, las serpientes salían a las playas. Somno-liento,
tendido en la silla de mimbre plegadiza, bajo el toldo del pabellón, Charles Gifford
miraba las formas sinuosas que se enroscaban y desenroscaban subiendo por las
cuestas. En la opaca luz azul el crepúsculo barría las playas húmedas como un reflector
que iba apagándose, y los cuerpos entrelazados brillaban con un resplandor casi
fosforescente.
Los riachos más cercanos estaban a trescientos metros del campamento, pero por
algún motivo la aparición de las serpientes coincidía con la recuperación de Gifford,
que salía de la fiebre de la tarde. Cuando la fiebre se iba, llevándose consigo el
diorama ya familiar de unos reptiles espectrales, Gifford se sentaba en la silla de
mimbre y descubría las serpientes que se arrastraban por las playas, casi como si
fueran aquellos mismos sueños materializados. Involuntariamente examinaba la arena
alrededor del pabellón buscando rastros de pieles húmedas.
—Lo raro es que salen siempre a la misma hora —le dijo al guía indio que había dejado
la cocina del campamento y lo cubría ahora con una manta—. En u
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