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| Comentario
EN COLUMBINE SEPT HEURES la luz era siempre crepuscular. Allí la hermosa vecina de
Halliday, Ga-brielle Szabo, se paseaba toda la noche, levantando con el vestido de
seda unas finas nubes de arena de color cereza. Desde el balcón del hotel vacío, cerca
de la colonia de artistas, Halliday miraba por encima del río seco las sombras inmóviles
en el suelo del desierto, el crepúsculo africano, infinito y continuo, que lo llamaba
prometiéndole el cumplimiento de unos sueños perdidos. Las dunas oscuras, tocadas
las crestas por la luz espectral, se alejaban como olas de un mar de medianoche.
A pesar de la luz casi estática, inmovilizada en este crepúsculo interminable, el lecho
del río parecía colmado de colores. Cuando la arena bajaba deslizándose en las orillas,
descubriendo las vetas de cuarzo y las compuertas de hormigón del dique, la noche se
encendía brevemente, iluminada desde dentro como un mar de lava. Las puntas de las
viejas torres del agua y los bloques inconclusos de viviendas asomaban de pronto en la
oscuridad, más allá de las dunas, cerca de las ruinas romanas de Leptis Magna. Hacia
el sur, siguiendo el curso sinuoso del río, se extendía el añil intenso de los conductos
de la planta de irrigación, donde las líneas de los canales se entrecruzaban como un
delicado enrejado de huesos.
Halliday pensó que esta transformación continua, tan rara de color como los extraños
cuadros que adornaban el cuarto del hotel, revelaba las perspectivas ocultas del
paisaje, y del tiempo, de manecillas casi congeladas en una docena de relojes sobre la
repisa y las mesas. Halliday había traído consigo aquellos relojes a África del Norte con
la esperanza de que allí, en el cero psíquico del desierto, se animasen repentinamente.
Los relojes muertos, que lo miraban desde las torres municipales y los hoteles de los
pueblos abandonados, eran la única flora desértica, las insólitas llaves que le abrirían
las puertas de los sueños.
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