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EL ECO


 
Comentario
-Supongo que mi hija estará aquí -dijo el anciano, indicando el camino que llevaba al pequeño salon de lecture. No es que fuese de edad harto avanzada, pero así lo consideraba George Flack y, ciertamente, parecía más viejo de lo que era. George Flack lo había encontrado sentado en el patio del hotel (se sentaba a menudo en el patio del hotel), y, tras acercarse a él con su característica llaneza, le había preguntado por la señorita Francina. El pobre señor Dosson se había aprestado con suma docilidad a atender al joven: levantándose como si fuera la cosa más normal del mundo, se había abierto camino a través del patio para anunciar al personaje en cuestión que tenía visita. Ofrecía un aspecto sumiso, casi servil, mientras en su búsqueda precedía al visitante estirando la cabeza; pero no era propio del señor Flack advertir este tipo de cosas. Aceptaba los buenos oficios del anciano como habría aceptado los de un camarero, sin el menor murmullo de protesta, con el fin de dar a entender que había venido a verle también a él. Un observador de estas dos personas se habría convencido de que la medida en que al señor Dosson se le antojaba natural que alguien quisiera ver a su hija sólo era igualada por la medida en que al joven se le antojaba natural que su padre tuviese que ir a buscarla. A la entrada del salon de lecture había un cortinaje superfluo que el señor Dosson retiró mientras George Flack entraba tras él. La sala de lectura del Hotel de l'Univers et de Cheltenham no tenía grandes dimensiones, y al señor Dosson le había parecido desde el primer momento que consistía sobre todo en un suelo sin alfombrar y muy bruñido en el que era fácil que resbalase un americano relajado y de cierta edad. Estaba además compuesta, según la percibía él, de una mesa con un gran tapete de terciopelo verde, de una chimenea con un montón de orlas y nada de fuego, de una ventana con un montón de cortinas y nada de luz, y del Figaro, que era incapaz de leer, y el New York Herald, que ya había leído. Justo ahora había una sola persona en posesión de todas estas comodidades: una joven que, sentada de espaldas a la ventana, miraba hacia la convencional habitación. Iba vestida como para salir a la calle; sus manos vacías descansaban sobre los brazos de la silla (se había quitado los largos guantes, que yacían en su regazo), y parecía dedicada en cuerpo y alma a no hacer nada. Su rostro estaba tan a la sombra que apenas se podía distinguir; con todo, nada más verla el joven exclamó:
Autor : James Henry
 
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