 |
|
Comentario
EL EMBUDO DE CUERO
Arthur Conan Doyle
Mi amigo Lionel Dacre tenía su residencia en la Avenida de Wagram, en París, en la
casita de la verja de hierro y un pequeño prado delante de la fachada, a mano izquierda
conforme se va desde el Arco del Triunfo. Yo supongo que la tal casita es anterior a la
apertura de la avenida, y lo deduzco a partir de las manchas de líquenes de sus tejas grises y
de los muros comidos de la carcoma y descoloridos por los años. Vista desde la calle, la casa
producía una impresión de pequeñez. Si mal no recuerdo, tenía cinco ventanas en la fachada,
aunque en la parte trasera del edificio éste se estrechaba hasta quedar reducido a una
habitación única de mucha largura. En esa habitación era donde Dacre tenía su extraordinaria
biblioteca de ocultismo, y en la que iba atesorando fantásticas rarezas con las que satisfacía
su pasión de aficionado y con las que se divertían sus amigos. Hombre rico, de gustos
refinados y excéntricos, había invertido gran parte de su vida y de su fortuna en reunir una
colección particular, calificada de única en su género, de obras talmúdicas, cabalísticas y de
magia, entre las que había muchas que eran rarísimas y de mucho valor. Sus aficiones lo
conducían hacia lo maravilloso y lo
monstruoso, y, según yo he oído decir, sus experimentos en el campo de lo inexplorado y
misterioso habían ultrapasado los límites de lo civilizado y de lo decente. Nunca hacía
alusión a esos experimentos cuando hablaba con sus amigos ingleses, adoptando en tales
casos una postura de investigador y de gran especialista; sin embargo, cierto caballero francés
de gustos parecidos a los de Dacre, me aseguró que dentro de aquel amplio y elevado salón se
habían perpetrado los peores excesos de la misa negra, entre los estantes de libros alineados a
lo largo de las paredes y las vitrinas que encerraban rarezas como en un museo.
El aspecto de Dacre bastaba para producir la impresión de que su extraordinario
interés por esta clase de problemas psíquicos era más bien de tipo intelectual que
espiritualista. En aquella cara voluminosa no se advertía rastro alguno de tendencias
ascéticas; pero sí mucha energía mental en su cráneo enorme y de forma de cúpula curvado
hacia arriba desde las sienes en las que raleaban los cabellos elevándose lo mismo que una
cumbre nevada por encima de su orla de abetos. Sus conocimientos eran mayores que su pru-
dencia, y su capacidad, muy superior a su carácter. Los ojillos brillantes, muy hundidos en su
cara carnosa, centelleaban de inteligencia y de incansable curiosidad por la vida; pero eran
ojos de hombre sensual y egoísta. Y basta de hablar de él, porque ya murió el pobre; murió en
el instante mismo en que había adquirido la seguridad de tener en sus manos el elixir de la
vida. No voy a tratar aquí de ese complejo personaje, sino de un incidente por demás extraño
e inexplicable que se produjo en ocasión de una visita que le hice a principios de la primavera
del año 1882.
|
| Autor : Conan Doyle Arthur |
| |
| |