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| Comentario
Su esposo «habilino»
Beulah Fork, Georgia
Ruth-Claire Loyd, mi ex esposa, vio por primera vez al intruso desde el estudio del desván de su casa, del
tamaño de un granero, cerca de Beulah Fork, Georgia. Estaba haciendo una de las doce pinturas para una serie de
platos de porcelana que se venderían por orden de suscripción y que representarían su singular interpretación de
las nueve órdenes angélicas y de la Santísima Trinidad —esta pintura en particular se titulaba Tronos—, pero se
apartó del caballete para mirar al intruso a través de la puerta acristalada. Su rareza le había llamado la atención.
Atezado y espectral, se movía a través de la alta hierba cubierta por la sombra, entre la arboleda de pacanas.
*
Sus movimientos combinaban una agresiva curiosidad con una especie de plácida cautela, como si tuviera todo
el derecho a estar allí pero esperara que alguien le pidiera cuentas, ya fuese el dueño legal de la propiedad o un
vecino entrometido. Al pasar desde una zona jaspeada por la luz solar de septiembre a otra mancha de sombra
pareció uno de los muchachos negros que habían transformado el riachuelo de Cleve Synder en la riviera nudista
del condado de Hothle-poya. Sin embargo, estaba todavía un poco lejos; y la luz que embellecía la parte superior
de su cuerpo hacía que pareciera demasiado peludo para la mayoría de los muchachos de diez años, fuera cual
fuese su color. ¿Era el intruso alguna especie de animal?
—Camina —murmuró Ruth-Claire para sí misma—. Peludo o no, sólo los seres humanos pueden caminar
así.
Mi ex no es dada a sentir pánico, pero esta observación hizo que se sintiera preocupada. Su casa —sobre la
cual había renunciado yo a todos mis derechos en el mes de enero, principalmente para ahorrarle a ella el tor-
mento psíquico de un traslado— se levanta en un espléndido aislamiento envuelto en misterio, a unos cien me-
tros de la carretera estatal que enlaza Tocqueville y Beulah Fork. Cleve Synder ha arrendado la propiedad conti-
gua, de cuatro hectáreas de extensión, a un cultivador de algodón que no vive allí. Ruth-Claire empezaba a sen-
tirse sola y vulnerable.
Con un temblor apenas perceptible, dejó a un lado los pinceles y pinturas para observar al intruso. Ahora es-
taba más cerca de la casa, y un rastrillo que había dejado apoyado contra uno de los árboles le permitió calcular
su altura en apenas un metro cuarenta. Los nervudos brazos, sin embargo, indicaban madurez, así como el aspec-
to macizo de la baja mandíbula, y el oscuro y protuberante nudo del sexo. Conjeturó, indecisa, que quizá se trata-
ra de un enano trastornado que hubiera escapado recientemente de una institución poblada por desviados sexua-
les con inclinaciones violentas…
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