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Comentario
La muchacha ignoró a Carver. Estaba inspeccionando la zona de recepción
del templo taoísta y, más allá, a uno de los lados, el. estrecho pasillo entre el
altar y la mesa de ofrendas delante de la cual había cojines para arrodillarse.
Evidentemente, estaba buscando al reverendo doctor Tseng. Al ser ignorado, el
guardián occidental de mediana edad dispuso de tiempo para envidiar al
hombre joven y bien vestido que la acompañaba y para aprobar la elección de
compañero de la muchacha. El joven llevaba una chaqueta de cachemira azul
de buen corte, corbata rojo oscuro, pantalones grises y zapatos negros recién
lustrados.
El hombre joven miraba a su alrededor, incómodo. Su rostro enjuto dejaba
claro que tenía sus dudas acerca de todo el asunto, cualquiera que fuese.
Observaba a la muchacha para que captara su siguiente indicación.
«Típico del barrio chino», fue la estimación de Simon Carver; se había
acostumbrado a ver el sello distintivo de la mujer asiática en sus maneras
sumisas e infalibles.
Finalmente, la muchacha lo descubrió a Carver.
–¿Dónde está el reverendo Tseng? –preguntó ella
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