 |
|
Comentario
Era alta, delgada y tan rubia, que su cabello parecía blanco. Su cuerpo irradiaba tal
altivez que ningún hombre hubiera podido poseerlo sin sentir su rígida presión. Mientras
permanecía sentada con las piernas cruzadas, la mirada dirigida hacia abajo, al valle del
planeta Dorsai en el que se encontraba Fal Morgan y las casas que la rodeaban, su rostro
poseía la cualidad de un perfil grabado en una moneda de plata.
—Amanda... —dijo Hal Mayne con voz suave.
Perdida en sus pensamientos, ella no le oyó; y el momento parecía tan próximo a la
perfección que él sintió dudas sobre si debía perturbarlo. Esa parte de su interior propia
de un poeta, que había sobrevivido a los meses en que fuera un guerrillero acosado en
Armonía e incluso a la enfermedad y a las brutalidades de la prisión antes de escapar, se
agitó de nuevo al contemplarla. Aquí, en el techo de un mundo de guerreros, bajo un cielo
limpio y claro, en una época donde la especie humana se hallaba sometiéndose por
doquier a las cadenas de una nueva esclavitud, ella portaba una armadura de luz,
inconquistable. A su lado, en aquel cuerpo más pequeño, de anchos hombros pero flaco
debido a las privaciones y al sufrimiento, se sentía como una especie de pájaro oscuro
cuyos huesos y carne estuvieran anclados a la tierra, inclinado justo encima de una
entidad depuro espíritu.
Mientras esperaba, los ojos de ella perdieron su abstracción. Como si hubieran
permanecido separados por una distancia tan enorme que su voz, pronunciando su
nombre, hubiera tenido que proyectarse a través del tiempo y el espacio para llegarle
ahora, ella, por fin, se giró hacia él.
| |