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| Comentario
Vicente Blasco Ibañez
El Femater
I
El primer dia que a Nelet le enviaron solo a la ciudad, su inteligencia de chicuelo
torpe adivinó vagamente que iba a entrar en un nuevo periodo de su vida.
Comenzaba a ser hombre. Su madre se quejaba de verle jugar a todas horas, sin
servir para otra cosa, y el hecho de colgarle el capazo a la espalda, enviándolo a Valencia
a recoger estiércol, equivalia a la sentencia de que, en adelante, tendria que ganarse el
mendrugo negro y la cucharada de arroz haciendo algo más que saltar acequias, cortar
flautas en los verdes cañares o formar coronas de flores rojas y amarillas con los tupidos
dompedros que adornaban la puerta de la barraca.
Las cosas iban mal. El padre, cuando no trabajaba los cuatro terrones en arriendo,
iba con el viejo carro a cargar vino en Utiel; las hermanas estaban en la fábrica de sedas
hilando capullo; la madre trabajaba como una bestia todo el dia, y el pequeñin, que era el
gandul de la familia, debia contribuir con sus diez años, aunque no fuera más que
agarrándose a la espuerta, como otros de su edad, y aumentando aquel estercolero
inmediato a la barraca, tesoro que fortalecia las entrañas de la tierra, vivificando su
producción.
Salió de madrugada, cuando por entre las moreras y los olivos marcábase el dia con
resplandor de lejano incendio. En la espalda, sobre la burda camisa, bailoteaban al
compás de la marcha el flotante rabo de su pañuelo anudado a las sienes y el capazo de
esparto, que parecia una joroba. Aquel dia estrenaba ropa: unos pantalones de pana de su
padre, que podian ir solos por todos los caminos de la provincia sin riesgo de perderse, y
que, acortados por la tia Pascuala, se sostenian merced a un tirante cruzado a la
bandolera.
Corrió un poco al pasar por frente al cementerio de Valencia, por antojársele que a
aquella hora podian salir los muertos a tomar el fresco, y cuando se vió lejos de la
fúnebre plazoleta de palmeras, moderó su paso hasta ser éste un trotecillo menudo.
¡Pobre Nelet! Marchaba como un explorador de misterioso territorio hacia aquella
ciudad que, bañada por los primeros rayos del sol, recortaba su roja cresteria de tejados y
tones sobre un fondo de blanquecino azul.
Dos o tres veces habia estado alli, pero amparado por su madre, agarrado a sus
faldas, con gran miedo a perderse. Recordaba con espanto la ruidosa batahola del
mercado y aquellos municipales de torvo ceño y cerdosos bigotes, tenor de la gente
menuda; pero, a pesar de los espantables peligros, seguia adelante, con la firmeza del que
marcha a la muerte cumpliendo su deber
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