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Comentario
Me propongo referir los sorprendentes encuentros que tuve en el
transcurso de mi vida. Los hay muy amenos y los hay muy extraordinarios.
Cuando acuden a mi memoria llego a dudar de si habré soñado. Conocí a
un cabalista gascón, de quien no me atrevo a decir que fuera hombre
juicioso, porque murió de una manera desastrosa. En la isla de los Cisnes,
una noche, oí de sus labios razonamientos sublimes, que recordé y escribí
cuidadosamente. Dichos razonamientos referíanse a la magia y a las ciencias
ocultas, que actualmente preocupan mucho; sólo se habla de la Rosa-Cruz.
No me preocupa la importancia que pueden procurarme tales revelaciones.
Unos dirán que todo es pura invención mía, y otros, que todo el mundo
sabe ya lo que digo. Me declaro poco instruido en la cabala, puesto que mi
maestro murió cuando comenzaba a iniciarme; pero aprendí lo suficiente
para suponer con algún fundamento que todo ello es ilusión, abuso y
vanidad. Por otra parte, basta que la magia sea enemiga de la religión para
que yo la rechace con todas mis fuerzas. Sin embargo, creóme obligado a
dar explicaciones acerca de un punto de tan falsa ciencia para que no se me
juzgue aún más ignorante de lo que soy. Sé que los cabalistas piensan
generalmente que los silfos, las salamandras, los elfos, los gnomos y los
gnomidos nacen con un alma perecedera, como su cuerpo, y que adquieren
la inmortalidad mediante su comercio con los magos (1). Mi cabalista
enseñaba, por el contrario, que la vida eterna no está reservada a criatura
alguna, sea terrestre, sea aérea. Yo he seguido estas inspiraciones, sin
permitirme juzgarlas.
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