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Comentario
- ¡Ahí está!, ¡Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! - cloqueó el viejo, señalando con un calloso
dedo -. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!
El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el
suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil
el flautista.
- ¿Y por qué hace esto? - preguntó.
- ¿Qué? - el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas -.
Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el
anochecer hasta el alba.
El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en
las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego
aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una
voz aguda.
El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las
lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el
tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista... una silueta...
un símbolo... una melodía.
- ¿De dónde viene el flautista? - preguntó el muchacho.
- De Venus - dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó -. ¡Oh!, hace más de
veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la
misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos
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