 |
|
| Comentario
Bordeó los acantilados para encontrar una playa un poco apartada. La exploración
fue breve, pues en aquel paraje ni la soledad ni la lejanía misma estaban lejos. Aun en
las playas contiguas al pequeño espigón de pesca, bautizadas Negresco y Miramar por
la patrona de la hostería, era escasa la gente. Alfonso Álvarez descubrió así un lugar
que de modo admirable correspondía al anhelo de su corazón: una ensenada
romántica, desgarrada, salvaje, a la que reputó uno de los puntos más remotos del
mundo, Última Tule, Seno de la Última Esperanza o todavía más allá —Álvarez ahora
articuló su divagación en un arrobado murmullo—las Largas y Prodigiosas Playas,
Furdurstrandi. . . El mar entraba encajonado en acantilados pardos y abruptos, en los
que se abrían cavernas. Hacia afuera, a los lados, empinábanse picos o agujas,
modelados por la erosión de la espuma, de los huracanes y del tiempo. Todo ahí era
grandioso para el observador echado en la arena, que sin dificultad olvidaba las
dimensiones del paisaje, en verdad minúsculas. Despertó Álvarez de su
ensimismamiento, descalzó unos piecitos blancos que, a la intemperie, resultaron
patéticamente desnudos, hurgó en una bolsa de lona, encendió la pipa, contempló el
mar y preparó el ánimo para un prolongado paladeo de la beatitud perfecta. Con
asombro advirtió que no estaba feliz. Lo embargaba una desazón que apuntaba como
vago recelo. Miró en derredor y afirmó: "Nada ocurrirá." Descartó la ilógica hipótesis de
un asalto; escrutó la conciencia, luego el cielo, por fin el mar y no descubrió el motivo
de su alarma.
|
| Autor : Bioy Casares Adolfo |
| |
| |