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Comentario
Creía, pobre John Berridge, haber saboreado ya todas las mieles del éxito; pero nada le había gustado tanto
como cuando el joven lord, que fue lo que inmediatamente se imaginó que era, y además con toda razón, se
lanzó a buscar en París a la nueva estrella literaria que había empezado a brillar, con una luz limpia y roja, sobre
el vasto aunque más bien confuso horizonte anglosajón; y abordó a esa celebridad con un ruego tímido e
ingenuo. En esa ocasión, el joven lord pidió el juicio inestimable de la celebridad para un caso literario especial;
y Berridge pudo tomárselo todo como uno de los actos más «curiosos» presentados hasta entonces a sus ojos en
el escenario de la sociedad europea, aunque esos ojos, por lo general, estuvieran siempre muy atentos a perderse
lo menos posible del espectáculo humano, y hubieran estado últimamente más abiertos que nunca ante las
grandes extensiones que se le ofrecían (pues no podía imaginarse de otra forma su destino) bajo el presagio de
su prodigioso «éxito». Era gracias a su éxito por lo que estaba teniendo esas raras oportunidades, de las que tan
honesta y humildemente, como podría haber dicho, se proponía sacar lo más posible: era gracias a que todo el
mundo (tan lejos habían ido las cosas) estaba leyendo El corazón de oro, como un libro un poquito demasiado
gordo, o sentándose a ver una obra en cinco actos, un poquito demasiado larga, por lo que se veía llevado por
una marea en la que casi no se habría atrevido a dejar flotar a su héroe favorito, por lo que se encontraba con
que le estaban pasando cientos de cosas agradables e interesantes que eran todas ellas, de una forma u otra,
afluentes de esa corriente dorada
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