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Comentario
EL CUERNO DE PLATA
Del otro lado de las puertas gimió el fantasma de una trompeta. Fueron siete notas desmayadas y
lejanas, el tejido ectoplasmático de un espíritu plateado, si acaso las sombras están hechas de sonido.
Era imposible que hubiera tras las puertas corredizas una trompeta ni un hombre que la hiciera sonar, y
Robert Wolff lo sabía. Un minuto antes había inspeccionado el sótano. Allí no había sino el piso de
cemento, las paredes blancas de yeso, el soporte con sus perchas, un estante y una bombilla eléctrica.
Sin embargo, había oído notas de trompeta, muy apagadas, como si llegaran desde algún sitio tras el
muro del mundo. Estaba solo y no tenía, por lo tanto, quien le confirmara la realidad de aquello que no
podía ser real. Ese cuarto no era un sitio adecuado para semejante experiencia. Pero tal vez él era la
persona adecuada para ello. En los últimos tiempos lo perturbaban sueños misteriosos. Durante el día
pasaban por su mente pensamientos extraños y súbitas visiones, fugaces, pero vívidas y sorprendentes.
No las deseaba, no las esperaba, y no podía resistirías.
Se sentía preocupado. No era justo caer en el agotamiento mental, precisamente cuando estaba a punto
de jubilarse, sin embargo, lo que había pasado con otros podía ocurrirle a él. Lo mejor sería hacerse
reconocer por un médico. Pero no podía decidirse a hacer lo que el sentido común indicaba. Y seguía
esperando, sin decir nada a nadie, y menos que a nadie, a su mujer.
En ese momento contemplaba fijamente las puertas del sótano; estaba en el cuarto de recreo de una
casa nueva, construida por Hohokam. Si el cuerno volvía a sonar, abriría las puertas para asegurarse de
que no había nada allí dentro. Entonces, una vez seguro de que aquellas notas eran sólo producto de su
mente enferma, descartaría la idea de comprar esa casa. No prestaría atención a las histéricas protestas
de su esposa; consultaría en primer lugar a un médico, y después a un psicoterapeuta.
–¡Robert! – llamó su esposa –. ¿Hasta cuándo piensas quedarte allí? Sube. Quiero hablar contigo y con
el señor Bresson.
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