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Comentario
Éramos compañeros en una escuela de formación de oficiales navales. No se trataba de naves espaciales: lo
que voy a contar sucedió antes de que el género humano alcanzase siquiera el satélite de la Tierra. Se trataba de
navegación en medio líquido, en buques que flotaban en el agua y trataban de mandarse a pique unos a otros, a
menudo con éxito, lamentablemente. Me vi metido en en ello porque era aún demasiado joven para comprender
plenamente que, si mi barco se hundía, era muy probable que yo me hundiera con él... Aunque esta historia no
es la mía, sino la de David Lamb.
8
Para explicar quién fue David debo retroceder hasta su niñez. Era un palurdo, lo que significa que procedía
de una región que, incluso para los pobres niveles de la época, cabía considerar como incivilizada... y Dave
bajaba de un pueblo tan perdido tras las montañas que en él los búhos cazaban gallinas.
Su educación, que terminó a los trece años, tuvo como escenario una escuela de pueblo de una sola aula. Le
gustaba, porque cada hora que pasaba en clase era una hora en la que no se hacía nada más penoso que, a lo
sumo, leer. Antes y después de clase tenía que hacer en la granja de su familia, cosa que odiaba, porque el suyo
erá lo que decían «un trabajo honrado», es decir, un trabajo duro, sucio, improductivo y mal pagado, y que
además le obligaba a madrugar, cosa que aborrecía más aún.
El día de la graduación fue un día triste para él: significaba que a partir de aquel momento «trabajaría
honradamente» todo el día en lugar de disponer de seis o siete horas de descanso en la escuela. Un día de
mucho calor pasó quince horas arando tras de una mula... Cuanto más alzaba la mirada al trasero de la mula,
tragando el polvo que levantaba y secándose de la frente el honrado sudor del trabajo, más la odiaba.
Aquella misma noche se marchó de casa sin despedirse, cubrió a pie los quince kilómetros que había hasta
el pueblo, se echó a dormir a la puerta de la estafeta de correos hasta que, ya de mañana, la señora abrió, y se
alistó en la marina. Aquella noche pasó de tener quince años a tener diecisiete, lo que le hizo apto para alistarse.
Suele suceder que un muchacho crezca rápidamente después de escapar de casa. No hay nada de extraño en
ello: en aquel tiempo y en aquella parte del mundo no se conocían aún los registros civfles ni las partidas de
nacimiento, y David medía más de un metro ochenta, era ancho de espaldas, fornido, bien parecido y tenía as-
pecto de persona madura, salvo un punto de locura que había en su mirada.
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