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| Comentario
EN LA MAREA BAJA, los huevos enterrados por fin en la arena removida bajo las
dunas, las tortugas comenzaron el viaje de vuelta al mar. A Conrad Foster, que las
miraba junto con el tío Theodore desde la balaustrada, al borde de la carretera, le
pareció que les faltaba poco mas de cincuenta metros para llegar a la seguridad de las
aguas tranquilas. Las tortugas seguían arrastrándose, y los restos de unos cajones de
madera y las algas traídas por el mar ocultaban las jorobas oscuras. Conrad señaló la
bandada de gaviotas que descansaba como una larga espada sobre el banco de arena,
en la boca del estuario. Las aves habían estado mirando hacia el mar, como si no les
interesara la playa desierta donde el viejo y el muchacho esperaban junto a la
balaustrada, pero ante este leve movimiento de Conrad una docena de cabezas
blancas giró simultáneamente.
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