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Comentario
Cramer le asestó un puntapié en el estómago a la enfermera.
Ésta se encogió, dio contra la pared y trató de gritar, pero no pudo. Pesaba ciento
veintidós kilos, era calva y parecía una ex luchadora. Poco a poco se irguió hasta quedar
agazapada a medias, clavó sus ojos en él y flexionó los dedos significativamente.
Una leve capa de transpiración cubría su cráneo ancho y brilloso.
Iba a matar a Cramer.
Teniendo en cuenta que él estaba embutido en una camisa de fuerza, debía admitir
que eso era bastante factible.
La enfermera se abalanzó. El se hizo a un lado, su pie izquierdo salió despedido y
enganchó el tobillo de su atacante. La mujer calva se desplomó. Con el pie derecho le dio
en la cara y al cabo de un instante aquélla dejó de moverse.
Retrocedió. Le temblaban las piernas. Se quedó muy quieto, escuchando. Nada. Un
silencio total. Se encontraba en medio de un pequeño cuarto de paredes blancas, sin
ventanas. Con un catre de metal adosado a una de las paredes. La puerta, entreabierta.
Pasó por encima del cuerpo que yacía en el suelo. No había sido demasiado despierta:
había obrado sin pensar. Ninguna de aquellas instituciones del Gobierno Federal tenía
buen personal en los niveles inferiores. Inmovilizado como estaba, no creía que hubiese
podido hacer mucho ni siquiera frente a un lisiado. siempre que éste fuera inteligente.
El pasillo estaba vacío. Se extendía en ambas direcciones, como una raya negra entre
paredes marrones. Eligió el pasadizo de la derecha y se echó a andar por él. Dobló hacia
la izquierda en un segundo pasillo. Era un hombre alto, de cabello negro y cierta
elegancia a pesar de su corpulencia, vestido con pantalones de trabajo azules y una
camisa de fuerza blanca.
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