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| Comentario
No se puede retroceder ni se puede parar. Los finales felices son siempre dulces y
amargos al mismo tiempo.
Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más poderoso
y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y casi dos
billones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz de tomar
Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos hombres que podían
tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble complejidad, y sus
Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento. Vendía sus Decisiones
a elevado precio.
Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en
Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos brutos
de Bruxton eran de doscientos setenta millones de crs. El desarrollo de las
relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía los
servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos cada
uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo bastante
grande como para coordinar todo el cuadro.
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