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Comentario
EL MEJOR POEMA JAMÁS ESCRITO
Fredric Brown
- Hummm - dijo Rupert Gardin.
Ésta fue la única y poco elocuente frase que pronunció durante la media hora que yo
había pasado entrevistándole. Pero es que la pregunta que yo le había hecho era un
verdadero hueso.
Recuerdo cómo inclinó su inmensa y hermosa cabeza como para dar mayor
profundidad a lo que iba a contestar. Sin embargo, cuando habló, su voz fue un mero eco
de parte de la pregunta.
- ¿El mejor poema jamás escrito?
Estreché el campo de acción para darle facilidades.
- El mejor poema originalmente escrito en inglés - contesté -. Eliminemos otras
lenguas e incluso traducciones.
Asintió con gravedad. Volvió a pensar y cerró sus párpados.
Puedo recordar el gran temor que sentía sólo mirándole. Por aquel entonces yo sólo
era un novato, y Rupert Gardin, decano de los críticos literarios americanos, era mi
primera entrevista realmente importante. Nos hallábamos sentados en la habitación de su
hotel, los dos solos, en un caluroso día de verano. Frente a él, sobre la mesa, había el
jarro lleno de té helado y cada uno de nosotros sostenía un vaso. Me acuerdo del frío y
suave tacto del mío.
- El mayor poema... - murmuré.
En aquel momento recordé algo que me había pasado por alto. Que él mismo había
publicado poesía.
- Aparte de su propia obra, mister Gardin - añadí rápidamente.
Movió su mano con impaciencia.
- ¿Mi obra? Lo que yo he escrito, joven, fue agua sobre arena barrida por el viento.
Tan efímero como los mensajes de humo de nuestros aborígenes.
Suspiró profundamente.
- Será el poema de Carl Mamey - dijo.
Ahora me tocaba a mí pensar, lo que no logré con éxito.
- Temo no conocerlo - sólo pude decir.
- Dudaba de que usted pudiera conocer su nombre; sin embargo, se pronunciaba
mucho por los años veinte. Era un hombre muy inteligente. Su padre había amasado una
gran fortuna y murió mientras Mamey vivía su adolescencia, dejándole una herencia de
varios millones. Era el único heredero, sólo un niño puesto que su madre había muerto
cuando él era un bebe. Estudió en Harvard, luego en Oxford, y creo que en Balliol. Era ya
capaz de escribir poesía, sensible y agradable, aunque aún no llegaba a la madurez que
luego conseguiría. ¿Más té?
Asentí, alargando mi vaso. Gardin continuó hablando mientras me lo llenaba.
- A los veintitrés años, Carl Mamey lo tenía todo: juventud, talento, una educación
esmerada, salud, era fuerte como un toro, dinero, amor, y todo lo que pueda imaginarse.
Amaba la vida y la aventura. Tenía el amor de una mujer, y también estaba loco por ella.
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