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Comentario
Vi la mancha azul cuando lavaba las piedras que había recogido esa tarde en la playa.
Caía el sol, y la arena brillaba como vidrio roto. Los mayores me llamaban desde la
sombrilla, pero fingí que no los veía. Me acerqué a la mancha y noté que en realidad era
un resplandor que alumbraba la arena desde abajo. Me puse a escarbar y al rato
desenterré una piedra azul, chata y redonda, con una protuberancia en el centro. Me
asombró que no fuera brillante, sino opaca. El fulgor azul la envolvía como una nube.
No era preciso lavarla, porque no tenía arena pegada. Me la escondí en el pantalón de
baño y volví a la sombrilla. Llevaba las otras piedras en una bolsa. Mi padre quiso
verlas cuando llegué.
-Mostráme el tesoro de Barbarroja -dijo.
Y Barbarroja le mostró sus piedras, todas menos la azul.
A la noche subí a acostarme apenas terminé de cenar. Ese verano sentía por primera vez
el orgullo y la frustración de dormir en un cuarto separado. Había anhelado ese
aislamiento. Ahora que mis hermanas y yo habíamos crecido, desvestirse era una
complicada serie de maniobras "en salvaguarda de la intimidad", como decía mi tía.
Además, me fastidiaban esos cuchicheos de mujeres en la penumbra. La soledad, sin
embargo, era más hiriente de lo que había imaginado. Mi dormitorio daba al jardín
trasero -así llamaba mi tía a un pastizal lleno de cosas arrumbadas- y por la ventana se
veía un árbol nudoso y negro que a veces me paralizaba de miedo. Pero esa noche apoyé
la piedra en la cómoda y el miedo y la soledad se disiparon. Dormí como si me
protegiera una sombra benigna
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