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Comentario
Es tarea ingrata e incómoda, para un discípulo, la presentación de una obra escrita por su
propio Maestro. Por ello, no me propongo analizar aquí El misterio de las catedrales, ni
subrayar su belleza formal y su profunda enseñanza. A este respecto, confieso, muy
humildemente, mi incapacidad y prefiero dejar a los lectores el cuidado de apreciarlo en lo
que vale, y a los Hermanos de Heliópolis el gozo de recoger esta síntesis, tan magistralmente
expuesta por uno de los suyos. El tiempo y la verdad harán todo lo demás.
Hace ya mucho tiempo que el autor de este libro no está entre nosotros. Se extinguió el
hombre. Sólo persiste su recuerdo. Y yo experimento una especie de dolor al evocar la imagen
del Maestro laborioso y sabio al que tanto debo, mientras deploro, ¡ay!, que desapareciera tan
pronto. Sus numerosos amigos, hermanos desconocidos que esperaban de él la solución del
misterio Verbum dimissum, le llorarán conmigo.
¿Podía él llegado a la cima del Conocimiento, negarse a obedecer las órdenes del Destino?
Nadie es profeta en su tierra Este viejo adagio nos da, tal vez, la razón oculta del trastorno
que produce la chispa de la revelación en la vida solitaria y estudiosa del filósofo. Bajo los
efectos de esta llama divina, el hombre viejo se consume por entero. Nombre, familia, patria,
todas las ilusiones, todos los errores, todas las vanidades, se deshacen en polvo. Y, como el
Fénix de los poetas, una personalidad nueva renace de las cenizas. Así lo dice, al menos, la
Tradición filosófica.
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