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EL MISTERIO DEL MARY CELESTE


 
Comentario
Se alzó una calma chicha. Sólo los sobrejuanetes se hinchaban un poco. Pendían como higos pasos las blancas túnicas del trinquete y del palo mayor. La señora Smithsons se desabrochó subrepticiamente un botón del corpiño y se abanicó nerviosamente. Toda la tripulación se hallaba en cubierta. Algunos pasajeros jugaban a las cartas convirtiendo en mesa un barril. Otros se paseaban de proa a popa. La señora Smithsons y su esposo salieron del camarote y se apoyaron en la barandilla del puente de proa, allí donde los foques latían aún como corazones moribundos. La señora Smithsons era una bonita rubia nacida en Carolina del Sur. Recién casada con el propietario de una extensa plantación de algodón y de tabaco en Virginia, había decidido hacer el viaje de luna de miel en Europa y visitar, sobre todo, París. El sol era ya una oblea sangrienta en el horizonte. Bandadas de peces voladores festoneaban el agua alrededor del bergantín Mary Celeste . —¡Una serpiente de mar, capitán! —chilló, de repente, la anciana señora Mary Yerby, calándose aún con más fuerza sus antiparas. —¡Señora! ¡Sólo es una manada de delfines! —se burló el capitán Thomas Hopkins. Durante unos minutos corrieron por el puente una serie de chascarrillos a costa de la credulidad de la anciana. Había caído la noche. Minúsculas olas hacían «chap-chap» sobre la obra viva del bergantín. —Esta calma nos va a retrasar la llegada a Funchal —comentó, fastidiado, el capitán a su piloto. —Nunca había conocido una calma así durante esta época —contestó el piloto. —Sí, es muy raro. El ron y el whisky corrían generosamente entre los veinte pasajeros y los diez marineros. Se habían encendido varios quinqués para iluminar sendas timbas. Un neoyorquino atacaba una polka con su violín y varias parejas, entre ellas los Smithsons, bailaban jaleándose y riendo. —¡La tripulación del Mary Celeste invita a los señores pasajeros a un ponche! —gritó el capitán, y todos aplaudieron. Brotó una llama azul de la gigantesca olla y el líquido fue repartido mediante unos cacillos.
Autor : Alvarez Villar Alfonso
 
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