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| Comentario
-Si -dijo el amigo Pérez a todos sus contertulios de café-; en este periódico acabo de
leer la noticia de la muerte de un amigo. Sólo lo vi una vez, y, sin embargo, lo he
recordado en muchas ocasiones. ¡Vaya un amigo!
Lo conoci una noche viniendo a Madrid en el tren correo de Va- lencia. Iba yo en el
departamento de primera. En Albacete bajo el único viajero que me acompañaba, y al
yerme solo, como habia dormido mal la noche anterior, me estremeci vo luptuosamente
contemplando los almohadones grises. ¡Todos para mí! ¡Podia extenderme con libertad!
¡Flojo sueño echar hasta Alcázar de San Juan!
Corn el velo verde de la lámpara y el departamento quedó en deliciosa penumbra.
Envuelto en mi manta, me tendi de espaldas, estirando mis piernas cuanto pude con la
deliciosa seguridad de no molestar a nadie.
El tren corría por las llanuras de la Mancha, áridas y desoladas. Las estaciones
estaban a largas distancias: la locomotora extremaba su velocidad, y mi coche gemia y
temblaba como una vieja diligencia. Balanceándome sobre la espalda, impulsado por el
terrible traqueteo; las franjas de los almohadones arremolinábanse; saltaban las maletas
sobre las comisas de red; temblaban los cristales en sus alvéolos de las ventanillas, y un
espantoso rechinar de hierro viejo venia de abajo. Las ruedas y frenos gruñian; pero
conforme se cerraban mis ojos, encontraba yo en su mido nuevas modulaciones, y tan
pronto me creia mecido por las olas como me imaginaba que habia retrocedido hasta la
niñez y me arrullaba una nodriza de bronca voz.
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