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Comentario
Releyendo lo que he escrito, descubro que he calificado a Georgia Pines, el sitio donde vivo,
de «residencia geriátrica». A la gente que dirige este centro no le gustaría leer algo así. Según los
folletos que tienen en el vestíbulo y que envían a los clientes potenciales, se trata de «una finca de
retiro para la tercera edad». Hasta tiene un «centro de esparcimiento», siempre según el folleto.
Quienes vivimos aquí (el folleto no nos define como «internos», pero yo a veces lo hago) lo
llamamos sencillamente la sala de la tele.
La gente cree que soy un tipo hosco porque no bajo a la sala de la tele varias veces al día,
pero no es la compañía lo que no puedo soportar, sino los programas. Oprah, Ricki Lake, Carnie
Wilson, Rolanda... El mundo se desmorona alrededor de nosotros, y ellos sólo hablan de líos
amorosos entre mujeres con minifalda y hombres con l
a camisa desabrochada. En fin, «no juzguéis
si no queréis ser juzgados», dice la Biblia, de modo que será mejor que me baje del púlpito. Es
sólo que si quisiera pasarme el tiempo viendo culebrones me mudaría al campamento de caravanas
Happy Wheels, tres kilómetros más al sur, donde las noches de los viernes y los sábados siempre
aparecen coches de la poli con las sirenas aullando y las luces parpadeando. Tengo una amiga
especial, Elaine Connelly, y está de acuerdo conmigo. Elaine es una mujer muy intefgente y
elegante; tiene ochenta años, es alta y delgada, todavía anda recta y posee una vista perfecta.
Camina despacio, porque tiene algún problema en las caderas y sé que la artritis en las manos la
hace sufrir mucho, pero tiene un cuello largo y hermoso, un cuello de cisne, y una cabellera larga y
bonita que le llega a los hombros cuando la deja suelta.
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