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EL PASILLO DE LA MUERTE - 4 PARTE


 
Comentario
Aparte de escribir estas páginas, desde que vine a vivir a Georgia Pines llevo un pequeño diario -poca cosa, cada día escribo un par de párrafos, sobre todo acerca de la climatología- y anoche estuve hojeándolo. Quería saber cuánto tiempo había pasado desde que mis nietos, Christopher y Lisette, me habían traído aquí, prácticamente obligado. -Es por tu bien, abuelo -dijeron. Es natural. ¿No es lo que dice la gente cuando por fin encuentra la forma de librarse de un problema que habla y camina? Ha pasado poco más de un año. Lo curioso es que no sé si me parece un año, o más, o menos. Mi sentido del tiempo parece estar fundiéndose, como un muñeco de nieve después de una helada de enero. Es como si el tiempo hubiera perdido el significado que tenía: la hora oficial del Este, la hora de verano, la hora de invierno. Aquí sólo existe la hora de Georgia Pines; es decir, la hora de los viejos, la hora de las viejas, la hora de mearse en la cama. Lo demás ha desaparecido. Desaparecido. Éste es un lugar peligroso. Al principio uno no se da cuenta, cree que es sólo un lugar aburrido, tan inofensivo como una guardería a la hora de la siesta, pero es peligroso, creedme. Desde mi llegada he visto a mucha gente deslizarse hacia la senilidad, y a veces hacen algo más que deslizarse: se sumergen en ella con la vertiginosa velocidad de un submarino. Llegan aquí bastante bien -con la mirada ausente, atados a un bastón o incluso con incontinencia urinaria, pero bien- y de repente les ocurre algo. Un mes más tarde están sentados en la sala de la tele, mirando a Oprah Winfrey con la boca entreabierta y un olvidado vaso de zumo de naranja inclinado y goteando en una mano. Al cabo de otro mes, hay que recordarles los nombres de sus hijos cuando éstos vienen a visitarlos. Y un mes después, es preciso recordarles sus propios nombres. Algo les pasa, no cabe duda. Es el tiempo de Georgia Pines. Aquí el tiempo es como un ácido diluido que primero borra la memoria y después el deseo de seguir viviendo. Hay que resistir. Es lo que siempre le digo a Elaine Connelly, mi amiga especial. Para mí las cosas han mejorado desde que comencé a escribir lo que me ocurrió en 1932, el año en que John Coffey llegó al pasillo de la muerte. Cientos de recuerdos son horribles, pero siento que aguzan mi mente y mi conciencia, como una cuchilla que saca punta a un lápiz, y eso le da sentido al dolor. Sin embargo, no basta con escribir y recordar. También tengo un cuerpo, por gastado y grotesco que sea, y lo ejercito todo lo que puedo. Al principio me costó -los viejos como yo no somos buenos haciendo ejercicio por la mera necesidad de hacerlo-, pero ahora que mis caminatas tienen un propósito se ha vuelto más sencillo
Autor : King Stephen
 
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