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Comentario
Sentado en la galería de Georgia Pines, con la estilográfica de mi padre en la mano, perdí la
noción del tiempo evocando la noche en que Harry, Bruto y yo sacamos a Coffey del bloque y lo
llevamos a casa de Melinda Moores, en un desesperado intento por salvarle la vida. Ya he contado
que drogamos a William Wharton, quien se consideraba una especie de segunda versión de Billy el
Niño; he escrito que inmovilizamos a Percy con la camisa de fuerza y lo encerramos en la celda de
seguridad que había al fondo del pasillo. También he hablado de nuestro extraño viaje nocturno,
aterrador y emocionante a un t
iempo, y del milagro que ocurrió al final. Fuimos testigos del modo
en que John Coffey rescataba a una mujer que, más que a un paso de la tumba, parecía enterrada en
ella.
Mientras escribía apenas tenía conciencia de la vida en Georgia Pines. Los viejos se fueron a
cenar y después marcharon en tropel hacia el «centro de esparcimiento» (sí, podéis reíros) para
recibir la dosis nocturna de televisión por cable. Creo recordar que mi amiga Elaine me ofreció un
bocadillo, que agradecí y comí, aunque no podría decir de qué era ni cuándo me lo llevó.
Estaba en 1932, los tiempos en que los bocadillos los llevaba el viejo Tuu-Tuu en su carrito;
a cinco centavos los de mortadela y a diez los de carne enlatada.
Percibí un silencio creciente alrededor de mí mientras las reliquias que aquí viven se
preparaban para otra noche de sueño ligero e inquieto, y oí a Mickey -que quizá no sea el mejor
celador, pero sí el más amable- cantar
Red River Valley
con su voz de barítono mientras distribuía
las medicinas de la noche:
Dicen que te marchas del valle... Echaremos de menos tus
deslumbrantes ojos y tu dulce sonrisa...
Una vez más la canción me hizo pensar en Melinda y en lo
que le dijo a John después del milagro: «Soñé contigo. Soñé que los dos vagábamos en la
oscuridad y finalmente nos encontrábamos
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