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Comentario
Los albores del nuevo milenio encuentran a la Argentina aprisionada en las redes de un
"nuevo orden mundial" que la priva de toda capacidad de autodeterminación. El discurso
estereotipado repite hasta el cansancio que a partir de 1983 los argentinos recuperamos la
democracia y, con ella, la capacidad de tomar las riendas de nuestro destino colectivo.
Sin embargo, ni el retorno de las fuerzas armadas a los cuarteles, ni las periódicas
consultas electorales, ni el imperio de la "libertad de prensa", han alcanzado para torcer el rumbo de
empobrecimiento que se desenvuelve con una ineluctabilidad inmune a cualquier voluntad en contrario.
Las reivindicaciones que hace algunos años parecían tener un sentido unívoco y que convocaban el
entusiasmo popular en la pelea contra toda forma de opresión nacional y social, sirven ahora a otros
fines. La bandera de los derechos humanos, por ejemplo, fue enarbolada en la segunda mitad de los años
setenta para combatir a las dictaduras militares que contaban con el sostén indisimulado del
imperialismo y las oligarquías vernáculas. Ahora, por el contrario, son esas mismas banderas las que
flamean a cielo abierto cuando se pone en marcha una expedición punitiva contra el díscolo de turno. Lo
mismo sucede con la palabra "democracia". Quienes ayer preferían ignorar su existencia la agitan con
hipocresía y protegen en su nombre los privilegios de que disfrutan. ¿Y qué decir del socialismo o de
los movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo? De los últimos ya nadie quiere acordarse,
mientras que los socialistas son hoy indistinguibles de sus adversarios conservadores, con quienes
acuerdan la "alternancia" en la administración del statu quo.
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