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Comentario
Dos viejos se encontraban sentados una mañana en la banca de un parque,
gozando del sol de Tampa, Florida: uno, tratando tenazmente de leer un libro
que era obvio disfrutaba, mientras que el otro, un tal Harold K. Bullard, le
contaba la historia de su vida en el tono redondo y lleno de un orador ante un
equipo de sonido. Echado a sus pies se encontraba el perro de caza labrador de
Bullard, que atormentaba aún más al oyente sobándole los tobillos con su gran
nariz húmeda.
Bullard, quien antes de su retiro había conocido el éxito en numerosos
campos, gozaba revisando su pasado. Pero se enfrentaba al problema que
complica la vida de los caníbales, esto es, que no es posible utilizar a la misma
víctima una y otra vez. Cualquiera que hubiese pasado un día con él y su perro
se negaba a compartir su banca con ellos de nuevo.
Así que Bullard y su perro iban a través del parque cada día a la búsqueda de
caras nuevas. Habían tenido buena suerte esta mañana, ya que inmediatamente
habían encontrado a este desconocido y era claro que se trataba de alguien
acabado de llegar a la Florida, aún bien cubierto por un traje de grueso paño,
con cuello almidonado y corbata y sin nada mejor que hacer que leer.
- Sí - dijo Bullard, redondeando la primera hora de su conferencia -, en mis
tiempos hice y perdí cinco fortunas.
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