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Comentario
Estimado señor Einstein:
Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a cambiar ideas sobre un tema
que ocupaba su interés y que también le parecía ser digno del ajeno, manifesté complacido
mi aprobación. Sin embargo, esperaba que usted elegiría un problema próximo a los límites
de nuestro actual conocimiento, un problema ante el que cada uno de nosotros, el físico
como el psicólogo, pudiera labrarse un acceso especial, de modo que, acudiendo de
distintas procedencias, se encontrasen en un mismo terreno. En tal expectativa, me
sorprendió su pregunta: ¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la
guerra? Al principio quedé asustado bajo la impresión de mi -casi hubiera dicho: «de
nuestra»- incompetencia, pues aquélla parecíame una terca práctica que corresponde a los
hombres de Estado. Pero luego comprendí que usted no planteaba la pregunta en tanto que
investigador de la Naturaleza y físico, sino como amigo de la Humanidad, respondiendo a
la invitación de la Liga de las Naciones, a la manera de Fridtjof Nansen, el explorador del
Ártico que tomó a su cargo la asistencia de las masas hambrientas y de las víctimas
refugiadas de la Guerra Mundial. Además, reflexioné que no se me pedía la formulación de
propuestas prácticas, sino que sólo había de bosquejar cómo se presenta a la consideración
psicológica el problema de prevenir las guerras.
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