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Comentario
Tanto Pearson como la nave estaban acabados.
No lo había imaginado cuando la había alquilado (sin intención de devolverla y sin
preocuparse de revisarla previamente, puesto que tanto la tarjeta de crédito que había
empleado para pagar el alquiler como la documentación que le identificaba como titular
de la misma estaban falsificadas); además, había tenido demasiada prisa como para
poder entretenerse en revisiones.
La nave había dado el Salto sin desmontarse; pero cuando había vuelto al espacio
normal había descubierto que varios componentes, pequeños pero críticos, habían
resultado dañados.
Ahora, todo lo que quedaba de la nave era una columna de humo y metal vaporizado
que se elevaba hacia un cielo azul pálido. Ni siquiera tenía ánimos para maldecirla. Sabía
lo que era estar acabado y, por lo menos, la nave lo había eyectado... aunque no con la
suavidad necesaria para ponerlo a salvo.
Estaba vivo, sí, pero esto no era suficiente. Lo único que ahora notaba era un
cansancio sin límites, una fatiga que le embargaba el espíritu. Un abotargamiento de su
alma misma.
Sorprendentemente, no sentía dolor. Por dentro, Pearson continuaba funcionando. Por
fuera, podía mover los ojos y los labios, arrugar la nariz y, con un tremendo esfuerzo,
levantar su brazo derecho del llano y arenoso terreno. Su rostro ya no era simplemente
una pequeña parte de un todo muy expresivo: era lo único que le quedaba. El aspecto
que tenía el resto de su cuerpo, envuelto en los restos de lo que había sido su traje de
vuelo, era algo que sólo le cabía imaginarse. Y no quería imaginarlo. Sabía que tenía
intacto el brazo derecho, porque podía moverlo; fuera de esto, todo era pura
especulación, y, además, mórbida.
Si tenía suerte, mucha suerte, podría usar su brazo derecho para ponerse de costado.
No se molestó en realizar aquel esfuerzo. Ya no había ninguna ilusión, desde luego
ilusiones no, rondando por la mente de Pearson. Al borde de la muerte, se había
convertido en un auténtico realista.
Aquel mundo al que había impuesto su presencia era muy pequeño; de hecho, apenas
si era más grande que un asteroide. En silencio, le pidió disculpas por cualquier daño que
le hubiera causado con el impacto de su nave al estrellarse. Siempre estaba pidiendo
perdón por algún daifa que había infligido..
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