Libros Gratis  |  Libros Ordenados Por Autor  |  Libros Ordenados Por Nombre  |  Subi Tu Libro  |  Enlaces  |  Contactanos
Detalle
 

EL REGALO DE UN HOMBRE INUTIL


 
Comentario
Tanto Pearson como la nave estaban acabados. No lo había imaginado cuando la había alquilado (sin intención de devolverla y sin preocuparse de revisarla previamente, puesto que tanto la tarjeta de crédito que había empleado para pagar el alquiler como la documentación que le identificaba como titular de la misma estaban falsificadas); además, había tenido demasiada prisa como para poder entretenerse en revisiones. La nave había dado el Salto sin desmontarse; pero cuando había vuelto al espacio normal había descubierto que varios componentes, pequeños pero críticos, habían resultado dañados. Ahora, todo lo que quedaba de la nave era una columna de humo y metal vaporizado que se elevaba hacia un cielo azul pálido. Ni siquiera tenía ánimos para maldecirla. Sabía lo que era estar acabado y, por lo menos, la nave lo había eyectado... aunque no con la suavidad necesaria para ponerlo a salvo. Estaba vivo, sí, pero esto no era suficiente. Lo único que ahora notaba era un cansancio sin límites, una fatiga que le embargaba el espíritu. Un abotargamiento de su alma misma. Sorprendentemente, no sentía dolor. Por dentro, Pearson continuaba funcionando. Por fuera, podía mover los ojos y los labios, arrugar la nariz y, con un tremendo esfuerzo, levantar su brazo derecho del llano y arenoso terreno. Su rostro ya no era simplemente una pequeña parte de un todo muy expresivo: era lo único que le quedaba. El aspecto que tenía el resto de su cuerpo, envuelto en los restos de lo que había sido su traje de vuelo, era algo que sólo le cabía imaginarse. Y no quería imaginarlo. Sabía que tenía intacto el brazo derecho, porque podía moverlo; fuera de esto, todo era pura especulación, y, además, mórbida. Si tenía suerte, mucha suerte, podría usar su brazo derecho para ponerse de costado. No se molestó en realizar aquel esfuerzo. Ya no había ninguna ilusión, desde luego ilusiones no, rondando por la mente de Pearson. Al borde de la muerte, se había convertido en un auténtico realista. Aquel mundo al que había impuesto su presencia era muy pequeño; de hecho, apenas si era más grande que un asteroide. En silencio, le pidió disculpas por cualquier daño que le hubiera causado con el impacto de su nave al estrellarse. Siempre estaba pidiendo perdón por algún daifa que había infligido..
Autor : Foster Alan
 
Ver HTML - Descargar PDF