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Comentario
Paula disminuyó el volumen de la televisión al oír unos golpes en la puerta del porche. ¿No funcionaba el
timbre? Abandonando su labor de punto salió al vestíbulo. Dos sombras se reflejaban en el cristal de la
ventana aneja a la puerta. Dudó un momento y en seguida descorrió el pestillo: los dos hombres la miraron
a los ojos de una forma que le resultó dolorosa. Nadie habló durante algunos segundos.
—Mi marido no ha llegado todavía —dijo ella finalmente, a sabiendas que era lo único que no le
convenía declarar.
—Somos nosotros —repuso uno de ellos con voz opaca y sin dejar de mirarla.
—Yo... lo siento —adujo confusa—. Mi marido…
—Somos nosotros —repitió el que habló antes, levantando la mano derecha para girarla de forma que
quedó a la altura del rostro de Paula. Algo brillaba intensamente incrustado en el centro de la palma, algo
más fúlgido que un diamante y tan brillante como una estrella. Paula se sintió desfallecer cuando aquel frío
resplandor penetró por sus ojos.
—Somos nosotros.
—Mi marido... estoy sola —balbució. Y dando un paso atrás cerró lentamente la puerta. Tuvo que
apoyarse en ella un momento para no caer desvanecida.
—Somos nosotros —creyó oír una vez más a través de la madera.
Cuando Germán regresó una hora más tarde, ella le narró la visita de los desconocidos. El rostro de su
esposo se fue ensombreciendo a medida que avanzaba el relato.
—¿Qué querían? —preguntó con voz ahogada.
—No lo sé; les dije que tú no estabas.
—¿Preguntaron por mí?
—No... no exactamente —explicó Paula—. Les dije que tú no habías llegado porque me pareció que te
buscaban.
—¿Te pareció...?
—No lo sé —declaró ella confusa—. Se limitaron a decir: «Somos nosotros», como si se tratara de
viejos conocidos. Yo pensé que podrían ser viejos amigos tuyos
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