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Comentario
Los pequeños poetas cantan de cosas pequeñas, De esperanzas, alegrías y fe; de pequeñas
reinas y reyes de juguete;
De amantes que se besan y se unen, Y de modestas flores que se cimbrean al sol.
Los grandes poetas escriben con sangre y lágrimas Y agonía que, como las llamas, devoran y
arrasan. Alcanzan la ciega locura con sus manos, en la noche, Sondean los abismos que representan
la muerte' Se arrastran por golfos donde serpentea la locura Y locas y monstruosas formas de
pesadilla que quieren destruir el mundo.
Robert E. Howard.
¿Quién era Robert Ervin Howard?
Contestar a esa pregunta con los datos prestados por los cincuenta años transcurridos desde su
muerte podría, en un primer intento, resultar fácil. Mas no es así. La figura de Howard —en boca de
F. Truchaud es el maestro de la literatura fantástica y la fantasía heroica de este siglo— es
enigmática, y sigue siéndolo a pesar del t
iempo perdido y a pesar de todo lo que se ha escrito sobre
él. Ciertas circunstancias de su muerte no parecen claras y Howard, como escritor de literatura
fantástica y de terror, está más cerca de hombres como Lovecraft (depresivo, neurótico, quizá es-
quizofrénico) y London (al igual que él se suicidó, al igual que él escribía historias donde la fuerza
es el bastión donde refugiarse cuando falla la razón) que de otros más interesados en su carrera de
escritor profesional. A Howard le gustaba escribir, y le gustaba escribir de muchas cosas: desde
narraciones de terror a relatos históricos, de aventuras de vaqueros a fantasía heroica, de cuentos
deportivos a poesía. Escribió de todo. Y, gracias a ello, aquel hombre nacido en Peaster, Texas, en
1906, murió, de un tiro en la cabeza treinta años más tarde, como el habitante más adinerado
(incluido el banquero, como dice nuestro buen amigo Javier Martín Lalanda) de su pueblo, Cross
Plains, también Texas. No deja de haber —insisto— analogías patentes, tanto en la vida como en la
obra, entre Jack London y Robert Ervin Howard, maestros del naturalismo.
En sus once años de escritor profesional (su primer relato editado fue
Spear and Fang,
en
Weird Tales,
1925) publicó numerosas historias en múltiples publicaciones. Y dejó muchas más
entre sus papeles; historias que han ido editándose poco a poco a partir de que Glenn Lord, su
albacea testamentario, se ocupara de ellas. Muchos de sus argumentos estaban apenas esbozados y
fue necesaria la mano de otros escritores (Lyon Sprague de Camp y Lin Cárter, principalmente)
para completarlos, siempre con menos fortuna que el propio Howard
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