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Comentario
En la hora veinticinco
Los tres prohombres se habían reunido en la mansión particular de uno de ellos. Alrededor del inmueble, en la calle,
tronaba un alboroto tempestuoso, aunque lucía el sol. Era el estruendo de los homicidas mecánicos, que saqueaban,
destruían y disputaban entre sí con escandalosa ferocidad. Bajo sus embates furibundos, el edificio se estremecía y daba la
impresión de que iban a conseguir derrumbarlo. Exigían la vida y la sangre de uno de los tres personajes, la reclamaban con
vehemente insistencia, de inmediato, enseguida, antes de una hora, en el plazo de un minuto.
Los tres hombres congregados en la casa eran altos y corpulentos, importantes y poderosos, inteligentes y notables. Existía
un nexo peculiar que los enlazaba: cada uno de ellos tenía el convencimiento de que dominaba a los otros dos, de que él era
el titiritero y los otros los muñecos. Una creencia en la que no andaban muy descaminados ninguno de los miembros del
trío. Constituía un vínculo, tenso y elástico, que resultaba lo más complicado de Astrobe.
Cosmos Coronador, demasiado rico. El león heráldico.
Pedro Procurador, demasiado venturoso. El zorro ladino.
Fabián Gobernador, demasiado listo. El halcón inquieto.
–Esta es la tercera oportunidad de la raza humana –expuso Coronador –. Ah, ya vuelven a derribar las puertas. ¿Cómo es
posible conferenciar tranquilamente mientras arman tanto jaleo?
Cogió el aparato intercomunicador
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