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Comentario
No me propongo escribir tan sólo la vida de Luis XIV; mi propósito reconoce un
objeto más amplio. No trato de pintar para la posteridad las acciones de un solo hombre,
sino el espíritu de los hombres en el siglo más ilustrado que haya habido jamás.
Todos los tiempos han producido héroes y políticos, todos los pueblos han conocido
revoluciones, todas las historias son casi iguales para quien busca solamente almacenar
hechos en su memoria; pero para todo aquél que piense y, lo que todavía es más raro,
para quien tenga gusto, sólo cuentan cuatro siglos en la historia del mundo. Esas cuatro
edades felices son aquellas en que las artes se perfeccionaron, y que, siendo verdaderas
épocas de la grandeza del espíritu humano, sirven de ejemplo a la posteridad.
El primero de esos siglos, al que la verdadera gloria está ligada, es el de Filipo y de
Alejandro, o el de los Pericles, los Demóstenes, los Aristóteles, los Platón, los Apeles, los
Fidias, los Praxiteles; y ese honor no rebasó los límites de Grecia; el resto de la tierra
entonces conocida era bárbara.
La segunda edad es la de César y de Augusto, llamada también la de Lucrecio,
Cicerón, Tito Livio, Virgilio, Horacio, Ovidio, Varrón y Vitruvio.
La tercera es la que siguió a la toma de Constantinopla por Mahomet II. El lector
recordará cómo por aquel entonces, en Italia, una familia de simples ciudadanos hizo lo
que debían emprender los reyes de Europa. Los Médicis llamaron a Florencia a los sabios
expulsados de Grecia por los turcos; eran tiempos gloriosos para Italia. Las bellas artes
habían cobrado ya nueva vida; los italianos las honraron dándoles el nombre de virtud,
como los primeros griegos las habían caracterizado con el nombre de sabiduría. Todo iba
hacia la perfección
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