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Comentario
Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero
Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en medio de los
datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente inverosímiles con mujeres
"casadas" (como solía agregar, con un dejo reverenciar inútil a esta altura del partido), de
los pueblos y pequeñas ciudades que recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a
Fiambretta. Lo corté en seco:
- ¿Fiambretta, dijiste?
- Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había
impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se merecía.
Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para dedicarme al
curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros entretenimientos
favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes (detestábamos Lavalle) y
después quedarnos charlando hasta la madrugada en un boliche de Callao, lleno de
mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de los
misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para darles una
idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy que era en 1952),
Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las enzimas, me dice, como al pasar:
-... porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice. Fijate - y me
la dibujó en una servilleta.
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