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Comentario
El piso del Topolino estaba cubierto de arena. Tom tenía también arena en los pantalones y entre los dedos
de los pies.
«Maldita sea —pensó—, han construido aquí una carretera de seis pistas que va directamente al
océano, una plataforma giratoria con capacidad para trescientos coches que facilita el tránsito en la playa,
todo eficiente, organizado, mecanizado y amable, y he aquí el resultado: arena. Y dentro del coche, a pesar
del aire acondicionado, el olor acre de las salinas quemadas por el sol.»
Los músculos le dolían entumecidos como de costumbre. Acarició inútilmente el volante, deseando tener
algo que hacer, lamentando que el coche fuese tan pequeño, y en seguida se sintió avergonzado. Esos
sentimientos eran antisociales. Por supuesto, nada tenía que hacer, pues la carretera estaba funcionando en
forma automática, como todas. Así era la ley. Y aunque viajaba tan encogido que las rodillas le tocaban
casi el mentón, y el techo del coche le apretaba la nuca como la tapa de una caja, y sus cuatro hijos
amontonados en el asiento trasero parecían aspirarle el cuello de la camisa... bueno, era inevitable y,
además, el Topolino tenía dos metros de largo como indicaba la ley. No había por qué quejarse.
Por otra parte, no había sido un mal día al fin y al cabo. Cinco horas para recorrer sesenta kilómetros
hasta la playa y luego, por supuesto, un par de horas esperando en fila en la playa a que les llegara el turno
para meterse en el mar. Estaban tardando un poco más en el viaje de vuelta, como siempre. No se podía
saber tampoco qué ocurriría en el Túnel. Estarían otra vez en casa a eso de las diez, quizá. No demasiado
tarde.
«Un modo tan bueno como cualquier otro para matar el ocio», pensó. A veces sobraba ocio para
matar, realmente.
Jeannie, sentada a su lado, miraba por la ventanilla. Se había recogido el pelo en la nuca —un pelo casi
tan rubio como el de los niños— y aunque estaba embarazada otra vez no parecía mucho más vieja que
hacía diez años. Pero había dejado de tejer y pensaba ahora en el Túnel. Tom siempre se daba cuenta
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