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Comentario
Era un atardecer como todos, pero más aburrido que la mayoría. Yo había regresado a
la redacción para hacer una reseña de un soporífero banquete al que me había tocado
asistir, en el que nos sirvieron tan mal que, aunque el cubierto no me había costado nada,
me sentía estafado. A pesar de todo, yo escribía una larga y encomiástica reseña de diez o
doce columnas. El corrector de pruebas, luego, la dejaría reducida a uno o dos párrafos
fríos y formularios.
Slepper estaba sentado con los pies encima de la mesa, evidentemente sin hacer nada,
y Johnny Hale ponía una cinta nueva en su máquina de escribir. El resto de los
muchachos había salido a realizar diversos cometidos para el periódico.
Cargan, el «dire», salió de su despacho particular y se acercó a nosotros.
- Oíd, chicos: ¿Alguno de ustedes conoce a Barney Welch? - nos preguntó.
Pregunta estúpida. Barney era el dueño del bar que llevaba su nombre y que estaba
situado al otro lado de la calle, frente a la redacción del Tribune.
No hay un solo reportero del Tribune que no conozca lo bastante a Barney para
atreverse a sablearlo con frecuencia. Así que todos hicimos un gesto de asentimiento.
- Acaba de telefonear - dijo Cargan -. Dice que tiene a un tipo en el bar que pretende
proceder de Marte.
- ¿Es un loco, un borracho, o ambas cosas a la vez? - quiso saber Slepper.
- Barney lo ignora, pero ha dicho que este sujeto podría proporcionarnos temas para un
artículo humorístico, si uno de nosotros va a entrevistarlo. Como es al otro lado de la
calle y como vosotros tres estáis mano sobre mano, uno de vosotros podría ir un
momento. Pero nada de bebidas a cuenta del periódico.
- Voy yo - dijo Slepper, pero la mirada de Cargan se había posado sobre mí.
- ¿Tienes algo que hacer, Bill? - me preguntó. Tiene que ser un artículo de humor, y tú
haces muy bien esas cosas.
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