 |
|
Comentario
Hasta donde podía recordar, Hilary Morgan había sufrido elurofobia; es decir,
miedo mórbido al
Felis domestica,
el gato común o doméstico.
Era, como cualquier fobia, un asunto totalmente incontrolable por su mente
consciente. Podía decirse y se decía a sí mismo, del mismo modo que lo hacían sus
preocupados amigos, que no tenía ningún
motivo
para temer a un minino inocuo.
Por supuesto, los gatos podían arañar, y a veces lo hacían, pero en modo alguno
eran tan potencialmente peligrosos como los perros. Incluso un perro pequeño,
aunque juguetón, puede arrancar bastante dolorosamente un trozo considerable de
epidermis, y un perro grande puede resultar mortal. ¿Gatos? Bah. Hilary adoraba a
los perros y temía a los gatos, a todos los gatos.
Si por la calle veía un gato a veinte metros de distancia, se encogía y cruzaba,
sin tener en cuenta las señales de tráfico con tal de eludirlo. Si no tenía forma de
evitarlo, daba media vuelta y desandaba lo caminado. Ninguno de sus amigos tenía
gato; jamás aceptaba la primera invitación a casa de un nuevo conocido sin hacer
cuidadosas preguntas hasta cerciorarse de que el amigo potencial no poseía un
animal de denominación felina. Siempre utilizaba ese circunloquio u otro parecido
porque hasta la
palabra
«gato» o cualquier otra que comenzara con esa sílaba le
repelía. Nunca iba al mejor club nocturno de Albany - donde vivía- porque se
llamaba Gatamaran Club y palidecía y temblaba cuando cualquier persona del
despacho de la MacReady Noil Company - donde trabajaba- hacía un comentario
gatuno. Evitaba y nunca hacía amistad con personas que se llamaran Tom o Félix;
temía a las uñas de gato y a las garrapatas; nunca comía garrapiñadas ni
gateaux.
Jamás leía gacetas, no usaba gafas, no tocaba la gaita, no era galante ni salía a
galopar
| |