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Comentario
Samuel R. Delany es uno de los escritores norteamericanos de ciencia ficción y
fantasía más respetados y galardonados. Vendió su primera novela a los diecinueve años
y emprendió entonces una notable carrera de escritor, tanto por la calidad como por la
cantidad. Como joven líder de la revolucionaria «nueva ola» de las décadas de los
sesenta y los setenta, ayudó a llevar nuevo entusiasmo y nueva madurez a la ciencia
ficción y a la literatura fantástica.
Pero su relación con esos géneros no lo ha limitado. Ha escrito abstrusos y
concienzudos ensayos críticos como The Jewel-Hinged Jaw y The American Shore. Sus
libros autobiográficos Heavenly Breakfast y The Motion of Light in Water son
exploraciones sinceras de la sexualidad y el amor. Sus cuentos, reunidos en Driftglass y
Distant Stars, son joyas de la compresión.
En Çiron vuelan es una novela interesante, inusual por su escurridiza negativa a
dejarse clasificar en un género. Al principio parece una novela fantástica de naturaleza
bucólica, pero después adopta la apariencia de ese híbrido que yo llamo «fantasía
racionalizada»: relatos que producen una sensación de fantasía pero donde el mundo
fantástico tiene una justificación similar a la que produce la ciencia ficción. Pero al final la
novela parece ser un tercer tipo de relato: una fábula.
Samuel R. Delany es un escritor sutil y complejo, de manera que cuando presenta a los
çironianos que llevan una imposible vida paradisíaca en su valle protegido uno empieza
inmediatamente a sospechar que se está preparando algo extraño. Los çironianos no
saben qué es el crimen ni qué es el dinero; son felices y carecen de necesidades. Sólo se
visten cuando es necesario. Su historia se remonta nada más que a «las cuatro o cinco
generaciones que tarda un rollo funerario en pudrirse». La canción de juglar que abre el
libro dice que algunos de esos pueblos inocentes han persistido, pero que la mayoría
perduran menos de una vida.
De manera que los çironianos están condenados, y enseguida se nos presenta a sus
inminentes justicieros, los sanguinarios myetranos. Esos atractivos sujetos tienen la
disciplina instintiva de los nazis alemanes y, aparentemente, el sanguinario sadismo de
Vlad el Empalador, junto con un mandato para expandirse que satisfaría al más ambicioso
de los emperadores romanos.
Y tienen pistolas de rayos futuristas, al menos para los oficiales: cuando se nos
muestra esas armas uno de los oficiales se está divirtiendo con una jaula llena de
prisioneros, a los que vuela la cabeza uno por uno. Los oficiales montan anticuados
caballos, pero tienen capas de alta tecnología (¿o magia?) que el viento no hincha cuando
cabalgan, y aparentemente los protegen de todo daño.
En el primer capítulo se nos ofrece otro elemento típico de la ciencia ficción, una raza
de extraños seres conocidos como los Alados, que coexisten con los humanos de ese
mundo. Desde el punto de vista técnico pertenecen a la «fantasía científica», puesto que
esas criaturas no podrían existir a menos que se suspendieran las leyes de la
aerodinámica
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