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Comentario
El Rey del Tibet estaba haciendo el amor con una gorda blanca. Se había tirado
hacia las profundidades de un túnel de gelatina, milenios antes, y periódicamente,
mientras la pistoneaba, un suave conejito blanco y rosa con levita y botines hacía
temblar el túnel a su paso, estudiando un reloj de bolsillo que llevaba colgado de
una pesada cadena de oro. La mujer blanca era suave como el sebo, con ojillos
negros hundidos bajo prominentes cejas. La muy gorrina gruñía en un éxtasis
insatisfecho, tratando desesperadamente, y sabiendo que nunca podría. Pues
nunca había podido. El Rey del Tíbet tenia dolor de tripas. ¡Oh, estar en otro lugar,
haciendo otra cosa, solo!
El paisaje exterior temblaba en oleadas de miedo, que irradiaban desde las cimas
le las montañas muy lejanas. En las cimas de las montañas, parduscos y
marchitos viejos consideraban medios y fines, consideraban ruinas y portentos,
consideraban porqués y porconsiguientes... Lo ignoraban todo... y se dedicaban a
enviar más miedo a lugares más alejados. El paisaje temblaba en la noche,
comenzando a estremecerse con un terror que era mayor que el miedo que había
pasado antes
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