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| Comentario
Sentado en el umbral de la puerta de la taberna, el tío Beseroles, de Alboraya,
trazaba con su hoz rayas en el suelo, mirando de reojo a la gente de Valencia que, en
derredor de la mesilla de hojalata, empinaba el porrón y metía mano al plato de morcillas
en aceite.
Todos los días abandonaba su casa con el propósito de trabajar en el campo; pero
siempre hacía el demonio que encontrase algún amigo en la taberna del Ratat, y vaso va,
copa viene, la nzaban las campanas el toque de mediodía, si era de mañana, o cerraba la
noche sin que él hubiese salido del pueblo.
Allí estaba en cuclillas, con la confianza de un parroquiano antiguo, buscando
entablar conversación con los forasteros y esperando que le convidasen a un trago, con
las demás atenciones que se usan entre personas finas.
Aparte de que le gustaba menos el trabajo que la visita a la taberna, el viejo era un
hombre de mérito. ¡Lo que sabía aquel hombre, Señor!... ¿Y cuentos?... Por algo le
llamaban Beseroles
(Abecedario) porque no caía en sus manos un trozo de periódico que
no lo leyera de principio a fin, cantando las palabras letra por letra.
La gente lazaba carcajadas oyendo sus cuentos, especialmente aquellos en los que
figuraban capellanes y monjas; y el Ratat, detrás del mostrador, reía también, contento de
ver que los parroquianos, para celebrar los relatos, le hacían abrir las espitas con
frecuencia
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