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Comentario
Vivía gente muy curiosa en aquella manzana.
—¿No anduviste nunca por esta calle? —preguntó Art Slick a Jim Boomer, que acababa de
llegar.
—No lo he hecho desde que era chico. Después de que la fábrica de prendas de trabajo se
incendiara, un curandero plantó allí su tienda durante un verano. La calle solo tiene la
longitud de una manzana y muere en el terraplén del ferrocarril. No hay en ella más que un
grupo de barracas y parcelas cubiertas de hierbajos. Las barracas tienen ahora un aspecto
diferente, parece que haya más. Creí que las habían echado abajo hacía unos meses.
—Jim, he estado contemplando esa primera casucha durante dos horas. Había esta mañana
delante de ella un tractor con un remolque de trece metros, que cargaron con material de
cajas de cartón que sacaron del interior. Luego se fueron.
—¿Y qué hay de malo en ello, Art?
—Jim, dije que llenaron el remolque. Por la lentitud que llevaba al alejarse, debería acarrear
unos treinta mil kilos de carga. Una caja de cartón de quince kilos (calculo este peso por el
esfuerzo que hacían los hombres) cada tres segundos y medio durante dos horas, es decir,
dos mil cajas.
—Si, claro, hoy día muchos remolques sobrepasan los límites de carga estipulados. No
cumplen las ordenanzas.
—Jim, esa barraca no es más que una especie de cajón de dos metros y medio de lado. La
mitad de ella está ocupada por una puerta y en su interior hay un hombre sentado en una
silla situado detrás de una mesita. La otra mitad se halla ocupada por un vertedero. Caben
seis o siete de casas barracas en aquel remolque.
—Midámosla—propuso Jim Boomer—. Acaso sea mayor de lo que parece
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