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| Comentario
Mientras deambulaba melancólicamente al azar por las calles de una nueva
ciudad, Ian Bradstone se vio detenido por un enjambre de gente ante la puerta
abierta de unos almacenes. Su primer impulso fue dar media vuelta y huir, pero no
consiguió obligarse a sí mismo a hacerlo. La fascinación del horror lo arrastró,
reluctante, hacia el enjambre.
Su curiosidad debió de transformar su rostro en un enorme signo de interrogación,
puesto que alguien de la periferia le explicó amablemente de qué se trataba.
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